
Angélica. Un nombre que describía perfectamente la sensación que tuvo la primera vez que la vio; un ser celestial había bajado de las nubes para plantarse delante de ella, aunque sólo fuera para ir a fijarse en su mejor amiga. Por suerte -pensó entonces- Paula prefería a las chicas malas y por desgracia -ahora lo sabía- todavía no sabían que su ahora ex debería haberse llamado Carrie, si es que el nombre debía decir algo de cada uno. Aquella chica a la que Laura había grabado una cinta (en parte porque lo encontraba más romántico y en parte porque su coche no tenía reproductor de CD) con la canción de Angie de los Rolling tenía algo más que el título de aquella canción en común con sus Satánicas Majestades. Sin embargo el verdadero infierno llegó al perderla y, aunque a Laura le parecía que hacía mucho tiempo de aquello, tres meses no son tanto para alguien que no lo esté pasando tan mal.
Ya le tocaba empezar a salir del bache; su nuevo trabajo era, sin duda, el comienzo de una nueva etapa en su vida.
Lunes, siete de la mañana. Laura se acuerda de la nueva etapa de su vida y de todas las demás tonterías que se le ocurrieron el día anterior. Se ducha y vuelve a rebuscar en los armarios de la cocina con la esperanza de encontrar una magdalena olvidada o cualquier otra cosa dentro de la categoría de cosas "desayunables", como no encuentra nada se vuelve a acordar del primer día del resto de su vida y se cabrea todavía más. Baja a desayunar al bar de abajo.
Menos mal que su humor cambia a mejor con la misma facilidad que lo hace a peor y que el café, si es bueno, suele ser un recurso infalible para tal propósito. Es, sin embargo, un arma de doble filo, si el café es malo le puede estropear una tarde a priori tranquila, si la tarde ya era mala los efectos son impredecibles y si en vez de ser una tarde se trata de una mañana en ayunas se convierten en devastadores.
Con la alegría de un buen desayuno en el cuerpo se dirige contenta y expectante hacia su primer contacto con dos mundos desconocidos para ella: el arte y el posado artístico. No puede evitar sonreírse; modelo. Cuando se lo cuente a su madre se va a mear de risa.
Ya en la escuela la conducen a un vestuario y le dan un albornoz.
-Cuando estés, la segunda puerta a la izquierda.
A los nervios de lo desconocido se suman los nervios de lo que va conociendo por segundos. Tras la segunda puerta a la izquierda hay cuarenta ojos clavados en ella desde que entra en la sala. Un chico pálido de no más de diecisiete vestido de negro de la cabeza a los pies, una chica de ventipocos tan kumbaya como lo fue ella a sus años, una chica de aspecto angelical que la mira con curiosidad, un chico algo mayor que los demás con pinta de estar reorientando su vida desde un campo menos artístico, seguramente abandonando una trayectoria marcada por la herencia familiar; probablemente sea la oveja negra de una familia de larga tradición médica, jurídica o perteneciente a otro campo igualmente prestigioso, aunque tan insatisfactorio para él como para enfrentarse a la reprobación de todos sus familiares, vivos y muertos.
Se quita el albornoz. La pose que le hacen adoptar, además de no justificar el sueldo que le pagan le recuerda que su vida es un infierno y que si aquél es un nuevo comienzo ha empezado con el pie izquierdo.
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Ya le tocaba empezar a salir del bache; su nuevo trabajo era, sin duda, el comienzo de una nueva etapa en su vida.
Lunes, siete de la mañana. Laura se acuerda de la nueva etapa de su vida y de todas las demás tonterías que se le ocurrieron el día anterior. Se ducha y vuelve a rebuscar en los armarios de la cocina con la esperanza de encontrar una magdalena olvidada o cualquier otra cosa dentro de la categoría de cosas "desayunables", como no encuentra nada se vuelve a acordar del primer día del resto de su vida y se cabrea todavía más. Baja a desayunar al bar de abajo.
Menos mal que su humor cambia a mejor con la misma facilidad que lo hace a peor y que el café, si es bueno, suele ser un recurso infalible para tal propósito. Es, sin embargo, un arma de doble filo, si el café es malo le puede estropear una tarde a priori tranquila, si la tarde ya era mala los efectos son impredecibles y si en vez de ser una tarde se trata de una mañana en ayunas se convierten en devastadores.
Con la alegría de un buen desayuno en el cuerpo se dirige contenta y expectante hacia su primer contacto con dos mundos desconocidos para ella: el arte y el posado artístico. No puede evitar sonreírse; modelo. Cuando se lo cuente a su madre se va a mear de risa.
Ya en la escuela la conducen a un vestuario y le dan un albornoz.
-Cuando estés, la segunda puerta a la izquierda.
A los nervios de lo desconocido se suman los nervios de lo que va conociendo por segundos. Tras la segunda puerta a la izquierda hay cuarenta ojos clavados en ella desde que entra en la sala. Un chico pálido de no más de diecisiete vestido de negro de la cabeza a los pies, una chica de ventipocos tan kumbaya como lo fue ella a sus años, una chica de aspecto angelical que la mira con curiosidad, un chico algo mayor que los demás con pinta de estar reorientando su vida desde un campo menos artístico, seguramente abandonando una trayectoria marcada por la herencia familiar; probablemente sea la oveja negra de una familia de larga tradición médica, jurídica o perteneciente a otro campo igualmente prestigioso, aunque tan insatisfactorio para él como para enfrentarse a la reprobación de todos sus familiares, vivos y muertos.
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